Producto del avance incontenible de la modernidad y el capitalismo, la definición de las formas histórico-concretas que adopta el devenir de la acción humana se encuentra frente al asedio permanente de su expropiación y refuncionalización en los estratos más distantes de la institucionalidad política. Lo político, es decir, la capacidad de los individuos de producir y consumir, de transformar y dar forma a su sociabilidad, al cuerpo social dentro del cual se desenvuelven; se encuentra en el espacio-tiempo actual bajo la amenaza de dejar de reconocerse a sí mismo como tal por causa de la constante devastación provocada por ese proceso de expropiación.

La política, esto es, la síntesis de la complejidad y la heterogeneidad de las formas de sociabilidad a las que lo político da forma y sustancia, por otro lado, se encuentra en uno de sus más detallados y refinados estadios de determinación racional-mercantil de las relaciones sociales cotidianas. Hoy, quizá más que nunca, lo cotidiano es interpretado, subsumido, (re)producido y (re)funcionalizado a través del reflejo de una lógica mercantilizadora totalizante que reduce la profusión cualitativa de lo social a un cúmulo de mercancías, a la suma infinita de valores de cambio.

Consecuencia catastrófica de lo anterior es que si bien lo político en cada sujeto social es irrenunciable, las formas concretas que aquel adopta —en el momento de intervención del sujeto en lo social— son por él mismo anuladas al recurrir a los rituales de la alta política; pero también al apelar a una razón instrumental que ve en el beneficio útil, inmediato, la única praxis social realmente eficiente para modificar el devenir de una sociedad. La actividad reflexiva, crítica frente a las injusticias y los procesos de sujeción del individuo, en este sentido, por su alejamiento de las necesidades prácticas inmediatas es considerada una actividad parasitaria o, en el mejor de los casos, ociosa e inservible.

Las visiones antisistémicas hoy, como en ningún otro momento de la historia de la modernidad capitalista, son invalidadas por su utopismo, pero también por arremeter en contra de una realidad —interiorizada por el propio individuo— sin la cual éste cobra conciencia de su sustancialización mercantilizada, esto es, sin la cual se reconoce como una mercancía más. Así, las propuestas de realidades diferentes, de mundos posibles y vidas sociales alternativas a la presente se presentan ante al imaginario colectivo como peligro ya no por su actitud contestataria y propositiva de un algo distinto, sino por la intensidad y la profundidad de su actividad deconstructiva de aquello que da sentido a la totalidad de la existencia del sujeto.

Este espacio, en consecuencia, es inaugurado con el claro objetivo de visibilizar los efectos fragmentadores y (re)funcionalizadores que el aparato de producción/apropiación capitalista tiene sobre los elementos que dan cohesión, identidad y soporte social a las poblaciones de la periferia global y; al mismo tiempo, contribuir a los procesos de abstracción del individuo de la actual estructura desde la cual se piensa lo político, es decir, de la interioridad del pensamiento hegemónico dominado, por un lado, por lógicas que priman la (re)producción de capital como el elemento por medio del cual la humanidad alcanzará su configuración más perfectible; y por el otro, por relaciones de dependencia en las cuales el conocimiento producido por las periferias globales es válido sólo en la medida en que éste es aceptado por las élites académicas y los centros geopolíticos del Saber.

El Ser-humano es, antes que sustancia, experiencia, y por ello, la primera exigencia aquí planteada es el reconocer, ante todo, la experiencia histórico-concreta que la división social del trabajo impone sobre el sujeto en su devenir, en su realización social. La neutralidad y la objetividad histórica-política, entendidas como un no-posicionamiento y como la negación de la propia subjetividad, respectivamente, implican dar continuidad a los procesos de legitimación del proyecto de civilización en curso —con todas sus contradicciones y dispositivos de sujeción. Romper con esa inercia supone detonar nuevas formas —o mejor, formas-Otras— de los contenidos de la praxis social.

Ahí, en ese estrecho camino, en sus puntos de sujeción, en sus trazos y aperturas es en donde se encuentran los esfuerzos plasmados en este espacio, porque plantear alternativas al presente que no sean una simple (re)producción discursiva sino una deconstrucción de ese discurso, de sus sujetos y objetos de estudios, de los procesos mediante los cuales los construye y (re)produce en la conciencia colectiva es, hoy, un imperativo ético y político en busca de configuraciones sociales centradas en el Ser del ser humano.

Ricardo Orozco

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