El debate que se ha desencadenado en la opinión pública nacional, en torno del tiroteo que despojó de su vida a medio centenar de personas, en un evento musical público, en Las Vegas, Nevada; recuerda, en primera instancia, todas esas ocasiones en las que ese mismo debate se ha tenido que reciclar a sí mismo cada vez que un evento similar ocurre en Estados Unidos, saturando la discusión con algunos espacios comunes sobre los cuales, en un lapso temporal relativamente corto, se montan construcciones analíticas viciadas y sin capacidades de problematizar los puntos genealógicos, es decir, originarios, desde los cuales se forja la sistematicidad de hechos como el presente.
En términos generales, esos espacios comunes, esas analíticas viciadas, ese sentido común en torno de lo que en el imaginario colectivo estadounidense es denominado indistintamente como una masacre (massacre) o un tiroteo (shooting) se reducen, en última instancia, a una narrativa del terror, pese a que su derivación en discursos sobre terrorismo depende, por entero, de la pertenencia racial, nacional, religiosa, cultural etc., de quien ejecute el acto en cuestión.
Así pues, el hilo o la continuidad discursiva que atraviesa las narrativas de atentados como los de Virginia Tech, Virginia (2007); Newton, Connecticut (2012); San Bernardino, California (2015); y Orlando, Florida (2016); es una en la que el terror se presenta como el elemento constructor de las oposiciones entre seguridad e inseguridad; entre libertad y coacción; entre lo propio y o ajeno; entre la identidad y la otredad, etcétera. Pero ello, sin que en ese discurrir se enuncie al terrorismo, como experiencia y fenómeno sociopolíticos concretos, pues derivar el acto a su denominación como atentado terrorista depende de que quien discurre, quien se coloca en la posición de observador o de víctima del atentado identifique y construya a un enemigo, a una otredad en el perpetrador.
En este sentido, si bien el discurso sobre el terror se mantiene presente en las narrativas de todos los eventos mencionados —reforzando los dispositivos de poder que el Estado monta sobre las nociones de seguridad, paz y orden públicos—, sólo los casos en los que el ejecutor es un sujeto perteneciente a otra raza, a otra nacionalidad, a otro culto religioso, a otra cultura, etc., el acto se vuelve un atentado terrorista, y tal es el tratamiento analítico que se le da en el espacio público. El terrorismo, pues, para un observador estadounidense blanco, anglosajón y protestante es un término reservado para negros, latinos, musulmanes, y así sucesivamente.
La cuestión es, no obstante, que para llegar a ese tipo de conclusiones se debió transitar por otras series de análisis que fungen como premisas generales de aquellas a partir de la puesta en juego de puras tautologías. Y entre éstas, dos son las series dominantes.
Por un lado, se encuentra aquella en la que se construye la personalidad del ejecutor. Es fácil de observar porque, para todos sus efectos, es en el análisis de la personalidad del sujeto que se busca encontrar las causas últimas, las razones que tuvo éste para realizar tales actos tan inhumanos. No es una estrategia discursiva nueva, por supuesto. Desde que el terrorismo comenzó a introducirse en el debate público internacional, entre los años sesenta y setenta del siglo pasado, identificar el perfil psicológico de los perpetradores se convirtió en un método que, se argumenta, ofrece una representación fil de los problemas que los terroristas tienen en contra de la humanidad; de su desconexión con lo humano, con lo social y lo común.
En los eventos de Las Vegas, por ejemplo, la discusión se encuentra dominada por el análisis de su situación laboral, del segmento socioeconómico al que pertenece, del tipo de relación que tenia con sus amigos, vecinos y familiares, de sus antecedentes penales, de sus historiales académico y de salubridad, de sus gustos y pasatiempos, etcétera. Y la cuestión es que, en este tipo de analítica, lo que no se está observando es la manera en que se está construyendo la personalidad del sujeto de manera tal en que éste ya se parezca a su delito o a su acto terrorista muchísimo antes de que éste siquiera fuera cometido por aquel.
Contar con baja autoestima, haber transitado por una infancia o una adolescencia solitaria, ser sicológica o emocionalmente inmaduro, tener una personalidad poco estructurada, haber sufrido carencias afectivas, tener una mala o una pobre apreciación de la realidad, estar desequilibrado afectivamente, etc., se convierten en justificantes sicológicos de una personalidad asesina, violenta, terrorista introduciendo la idea de que el asesino, el violento y el terrorista ya lo eran desde el primer momento en que su vida cotidiana se vio afectada por alguna de estas condiciones emocionales y cognitiva.
El problema es que se parte de la noción de que existe un punto cero, una regla general o una especie de normalidad en cada una de esas condiciones: se parte de la idea de que existe una personalidad normal (una normalidad sicológica, afectiva, emocional, cognitiva, etc.,), fuera de cuyos parámetros ya se está dentro de una condición patológica, potencialmente peligrosa tanto para el propio individuo como para la sociedad en la que se desenvuelve. Y lo cierto es que esto es un problema porque anula por completo el peso y la determinación que la sociedad, la política y la cultura tienen sobre el comportamiento del ser humano.
En otras palabras, individualiza la violencia: exculpa a la sociedad de esos contenidos sociales, políticos y culturales que reproducen sistemáticamente la violencia, la muerte, el terror para mantener o cambiar el estado de cosas vigente. Y entonces, poco importa que sociedades como la estadounidense se basen en una concepción de libertad individual en la que sistemáticamente se reproduce la idea de que la comunidad es un peligro para el propio individuo. Pero no sólo, pues son análisis que omiten que esa misma sociedad reproduce, también de manera sistemática, el recurso a la guerra como precondicionante para la paz y la estabilidad; omiten que la tortura a los prisioneros de guerra, en Guantánamo, es una práctica socialmente aceptada, validada e interiorizada, and so on.
En este sentido, la segunda serie de tautologías dominante es aquella en la que se construye el entendimiento de la violencia como una propiedad incrustada en la técnica, ajena y exterior al individuo. Aquí, el problema es que se lleva a los extremos del absurdo la premisa de que la fuente de todo evento violento, como las masacres y los tiroteos públicos en Estados Unidos, se encuentra en las armas que circulan en la sociedad, como si con el hecho de retirar cada arma, real o potencial, hiciese que los sujetos sociales dejen de ser violentos.
Así pues, los análisis que se proponen ser más críticos que el promedio de narrativas que circulan en el espacio público terminan por afirmar que el problema de la violencia en Estados Unidos, en realidad, no tienen nada que ver ni con los migrantes, ni con los terroristas, ni con el desempleo, ni con el consumo de estupefacientes, sino con el hecho de que de cada diez habitantes del territorio estadounidense, nueve cuentan con una arma de fuego. De ahí que esgriman como su indicador más irrefutable el hecho de que en las sociedades primermundistas con menor cantidad de armas en manos de los ciudadanos sean, al mismo tiempo, las sociedades con menores índices de violencia, en general; y de homicidios, en particular —por oposición, claro está, a las sociedades con mayor número de armas, que serían las más violentas.
Y este es un extremo de lo absurdo porque hace suponer que la violencia emana de las armas, y no de un sujeto que se encuentra inscrito en un contenido cultural determinado. Que las sociedades con menor circulación de armas de fuego sean las sociedades con menores índices de violencia y de homicidios no se debe a la escasez de armas. Por lo contrario, el que existan menos armas en circulación es consecuencia de una cultura que las repudia como instrumento o técnica válida para su uso en sociedad. De tal suerte que la ecuación correcta es la opuesta a la que se reproduce en el sentido común: las armas son consecuencia de una determinada configuración y de un específico contenido cultural, y no su determinante.
En Estados Unidos, mientras se siga valorando más una cultura individualista, en la que las personas conciben a su comunidad y a su sociedad como un peligro inminente en contra de su libertad; mientras no se logre establecer vínculos sociales que den coerción al contenido comunitario —más allá del contacto esporádico que se establece a través de los canales de producción y consumo de mercancias—; mientras la guerra y sus derivaciones civiles en los cuerpos de seguridad pública no dejen de ser precondición para el mantenimiento de la paz, la seguridad y el orden sociales el contenido cultural sobre el cual se asienta la conciencia violenta de la colectividad no desaparecerá, y eventos como los de Las Vegas continuarán sucediendo.
Finalmente, no sobra señalar que el perfil sicoemocional de Stephen Craig Paddock, el tirador de Las Vegas, pese a contener elementos que en cualquier otra situación lo catalogarían como terrorista de inmediato, su caso se encuentra atravesado por una discursividad racial, en la su pertenencia al núcleo social estadounidense (blanco, anglosajón y protestante) lo blinda y lo abstrae de dicha denominación. La sentencia de su padre, Benjamin Paddock, a veinte años de prisión, por robo a un banco; y su designación por el FBI como psicópata al que le gustan las armas; así como la experiencia laboral de Craig en la industria armamentista, su gusto por la caza de animales salvajes y el haber contado con más armas en su hogar que la veintena que lleva encima al momento de disparar; habrían sido motivos suficientes para declararlo como un terrorista profesional, de haber sido negro, musulmán o extranjero.

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