19/9/17

Si se le observa con un fondo de contraste como el que ofrece permanentemente el combate armado directo en contra del narcotráfico, el asesinato de Mara Castilla no parece ser un caso excepcional, con muestras de mayor brutalidad que el que mostraron los más de dos mil feminicidios anuales cometidos durante el gobierno de Felipe Calderón, o los más de dos mil quinientos anuales del sexenio de Enrique Peña Nieto. Después de todo, en aquellos sucesos, a diferencia de éste que en el presente mantiene ocupadas las plumas de los principales opinólogos nacionales, la mutilación del cuerpo femenino fue una constante que año con año se perfeccionaba en sus técnicas y procesos para supliciar y mostrar el cuerpo torturado.
Por eso, quizá, uno de los rasgos que más comienza a llamar la atención sobre el asesinato de Mara Castilla es la resonancia con el que éste se ha posicionado tanto en la agenda de los medios cuanto en el propio debate público nacional. Es claro que este no es el primero, el único o el principal evento que llega a ambos espacios y los satura: las miles de imágenes que saturan la red de inmediato vienen a la mente para recordar que la regla y sus excepciones cuentan con muestras representativas en diferentes espacios y tiempos de los últimos doce años (o más, si se introduce en el debate a casos tan avasallantes como la prolongada experiencia de Ciudad Juárez, Chihuahua).
En este sentido, resulta importante no perder de vista que el factor exponencial en este feminicidio es el hecho de haber ocurrido en una de las situaciones más cotidianas y próximas a una inmensa generalidad de personas, y de mujeres, en particular: abordar una unidad de transporte personal privado. Y es que, para todos sus efectos, las varias experiencias históricas en el país dan muestra de que suelen irrumpir con mayor intensidad en lo público en proporción a la percepción de vulnerabilidad en la que se sientan las personas.
De tal suerte que, entre mayor es la sensación o la probabilidad de encontrarse en una situación similar a la que desembocó con el hecho violento mayor es la reacción inicial de la población. Los miles de feminicidios de Ciudad Juárez, por ejemplo, no estallaron en la Ciudad de México durante mucho tiempo porque la sensación era que aquella ciudad fronteriza era un enclave con condiciones sociales excepcionales irreproducibles en otras latitudes. De hecho, estos sucesos solo cobraron relevancia en la medida en que la presencia de la guerra contra el narcotráfico replicó, con un relativo grado de indiscriminación, el peligro que se creía propio e irrepetible de Juárez.
Que a Mara Castilla la despojaran de su vida en una unidad de transporte, gestionada a partir de un modelo de negocios cada vez más aceptado, y cuyos protocolos de seguridad para sus usuarios se daban por sentados, incuestionados; pero sobre todo, en una situación similar a la de Mara, en la que este tipo de transporte representa una opción viable para reducir su exposición personal a un hecho violento, por supuesto estalló en los rostros de sus usuarios.
Las reiteradas declaraciones de quienes protestan, en marchas o no, que señalan la presencia de un miedo generalizado, y más aún, que indican la latencia de ser víctimas de un delito al caminar solas por la calle, a usar el transporte, a realizar actividades cotidianas que requieran ocupar o transitar el espacio público, en amplio sentido, no son simples espacios comunes. Por lo contrario, son indicadores muy concretos de lo próxima que se siente la amenaza a la cotidianidad de quienes esgrimen tales narrativas.
Ahora bien, de estas precisiones es posible extraer una primera reflexión entorno de las estrategias que se deberían estar implementando para evitar que eventos así ocurran sistemática o esporádicamente: cualquier acción que se precie de su efectividad debería ser capaz de reducir esa potencialidad siempre latente en las mayores escalas alcanzables. Ejercer acción penal en contra del agresor particular resuelve el evento de su víctima, pero no el del resto de la población.
El problema es que lograr tales resultados, en lo que respecta a los casos de feminicidios, no es algo fácil, de entrada, por el solo hecho de ser una problemática atravesada por un debate de mayor profundidad que gira en torno de las relaciones sociales que se desarrollan entre los géneros.
En este sentido, es preciso interpelar tres de los posicionamientos más recurrentes y aceptados en el debate público actual.
Primero, es imprescindible rechazar toda política segregacionista entre los géneros. Pugnar porque el género femenino reduzca (a través del aislamiento) el estado de vulnerabilidad al que esta sociedad machista y falocéntrica lo somete de manera permanente no resuelve el problema de fondo. Contar con transportes rosas (ya desde el color la reproducción de estereotipos se hace patente), exclusivos para mujeres es una de esas prácticas de segregación que año con año los distintos niveles y órdenes de gobierno mexicanos van ampliando y profundizando. Sin embargo, lejos de reducir las posibilidades de que se cometa alguna agresión en contra de cualquier mujer, este tipo barreras (simbólicas y materiales) lo único que hacen es ofrecer un paliativo que, en el mejor de los casos, funciona sólo para el tiempo y el espacio en el que se realiza el viaje.
  La cuestión de fondo no radica en que poco a poco se vayan generalizando los espacios de exclusividad para uno y otro género, como en una suerte de Apartheid en donde la máxima es que todos los habitantes deben estar juntos pero no revueltos —máxima que, de hecho, suele ser centro de críticas por parte de las sociedades occidentales a otras cosmovisiones, como la islámica. Y es que lo cierto es que no hay nada en este tipo de políticas públicas o prácticas sociales que de muestra de estar desarrollando una pedagogía sobre la manera en que la convivencia entre los géneros debería de estar desarrollándose.
Es decir, en estricto, separar hombres y mujeres con cosas tan banales como poner a mujeres ofreciendo servicios de transporte privado exclusivo para mujeres no abona a los ejercicios que tienen como resultado el mutuo reconocimiento de los géneros y sus experiencias cotidianas concretas. Por lo contrario, en la medida en que se van fortaleciendo y generalizando las segregaciones (y no sólo entre géneros) lo único que se obtiene es el fortalecimiento y consolidación proporcional de sujetos autorreferenciados, construyendo sus masculinidades y sus feminidades a partir de sí mismo, al margen del otro —y aquí es necesario acotar que el género, como cualquier otro elemento de la identidad personal, no se reduce a dos.
Segundo, es ineludible la tarea de visibilizar que ni hombres ni mujeres son sujetos sustancializados, cuya inmanencia o rasgos identitarios se definan por una suerte de naturaleza de lo masculino y de lo femenino. Los hombres no son, ni por naturaleza, ni por genética, ni por ninguna otra inmanencia, genéricamente más fuertes, centrados, maduros, malos, crueles etc., que las mujeres; de la misma manera en que éstas no son más sensibles, emocionales, bondadosas, amorosas y socializantes que aquellos. Todo eso que se concibe como el conjunto de rasgos característicos del niño y de la niña, del hombre y de la mujer no son más que construcciones sociales más o menos interiorizadas y (re)producidas que justo por ser consideradas como naturales son mantenidas en estabilidad por los propios sujetos.
Y aquí, en lo que se debe poner mucha atención es que ser hombre no se opone con el hecho de ser feminista, del mismo modo en que ser mujer no implica no ser machista —e incluso feminicida. Basta con voltear la mira hacia el sexenio de Calderón para darse cuenta de que ser mujer no hizo diferencia en los niveles de brutalidad con el que sicarias torturaban y arrebataban la vida a sus víctimas. Es decir, que si lo que se quiere es ir al problema de raíz lo primero en la agenda debe ser la deconstrucción de esas construcciones sociales, y no su separación, pues, en términos de potencialidades, hombres y mujeres son igualmente susceptibles de ejercer los mismos grados de violencia.
Tercero, es importante no perder de vista que así como el feminicidio es el asesinato motivado por razones de género, en el homicidio también está presente la fundamentación de género. El que no se vea porque la manera en la que se construye la masculinidad ya está lo suficientemente interiorizada como para no poner en tela de juicio los motivantes, más allá de los materiales, de un hombre que asesina a otro hombre es diferente. Y es que lo cierto es que justo porque la violencia y la capacidad de despojar a alguien de su vida son rasgos tradicionalmente aceptados de lo que constituye una masculinidad —por lo menos en la manera occidental de observar a las masculinidades—, los miles de homicidios contabilizados hasta la fecha cuentan con algo de esa construcción, para reafirmarla como una competencia ineludible en el marco de la guerra contra el narcotráfico.
En este sentido, continuar con los discursos que observan agravantes del asesinato en el género femenino de la víctima está contribuyendo a mantener esa veleidad que no permite observar, en el caso de las masculinidades, que Ser hombre es lo que mata a los hombres, así como Ser mujer fue el motivante de alguien para matar a una mujer.
Por ello, reivindicar la importancia de reconocer al feminicidio como el acto en el que alguien despojó de su vida a alguien motivado en el género de la persona es importante para dar voz y visibilidad a esos casos concretos que reflejan una dinámica muy particular, con sus elementos propios que la definen. Sin embargo, esa visibilidad no debe perder de vista que del otro lado de la ecuación los asesinatos inter pares no está ausente, sino igual de invisibilizado.
El punto aquí no es despojar a los movimientos de protesta en contra de los feminicidios de la autoridad que los reviste para ejercer justo esa protesta, sino defender el hecho de que ambos, homicidio y feminicidio, deben ser causas y compromisos éticos y políticos de todos los géneros, por igual. De modo que, reiterando, no se trata de someter la autoridad de los movimientos feministas (o no feministas, pero en defensa del género) a las normas de mando y la autoridad de la masculinidad, sino de articularlas y conjugarlas, porque es en esa correlación que se deben encontrar los puntos de encuentro y convivencia que permitan a los géneros no violentarse, sin perder, al mismo tiempo, sus luchas políticas en ese terreno de lo común y lo absurdo que resulta la tolerancia liberal.

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