Cuando el gobierno venezolano anunció al mundo que comenzaría con el proceso para retirar su participación de la Organización de Estados Americanos, la primera reacción de las autodenominadas sociedades democráticas —reverberando en la voz de quienes con orgullo se asumen republicanos, demócratas y liberales, como si el adjetivar la personalidad del individuo con esas palabras revistiese a éste con honorabilidad— fue intensificar la arremetida ideológica instrumentada a través de los medios de comunicación.
La lógica detrás de cada argumento acusatorio es que dentro de la OEA la democracia es materia viva, un proceso realmente existente por la gracia de la mera existencia de la institución y la legalidad que la fundamenta. Fuera de ella, por lo contrario, cualquier Estado-nacional americano carecería de la legitimidad demandada para autoafirmarse como parte constitutiva de un cuerpo axial común. Así, la verdad construida en torno del posicionamiento de la OEA afirma que lo democrático de cualquier sociedad habida en el continente americano no emana de la sociedad, de sus procesos políticos comunitarios, sino de la aceptación que se obtiene —o no— por parte de otras sociedades.
De aquí que el cerco ideológico avasallara tan pronto; presentándose ante las colectividades como ese sentido común incuestionable que indica: dentro de la ética institucional de Occidente, todo; fuera de ellas, nada. Porque se asume que la característica inmanente a aquellas es la de una vocación de inherente bondad; de búsqueda de un bien común edificado en valores de aceptación universal. No existe, en este proceder, ninguna posibilidad que conciba a la OEA —o a cualquier institución que forme parte de la arena internacional— como un engranaje susceptible de ser utilizado con fines injerencistas y golpistas, siempre velado por la corrección política y la afinidad ética que supone la verborrea que apela a la libertad, la igualdad y la fraternidad.
En este sentido, si de posiciones en el espectro ideológico se trata, dos son claramente identificables: por la derecha se presiona, de manera permanente, por hacer efectivas las resoluciones consensuadas en el seno de la organización; no importando si el consenso ya viene determinado en el posicionamiento particular estadounidense. Por la izquierda, en sentido inverso, se celebra que Venezuela —¡por fin!— se preste a seguir el camino que la revolución cubana marcó para los pueblos de América, hace medio siglo. A la derecha, las ruinas de la historia latinoamericana jamás dejarán de hacer crítica; es a la izquierda a la que hay que señalar para no dejarla que se extravíe en su propio laberinto.
Desde esta posición, señalar que la OEA guardó silencio cómplice y, más que ello, fue corresponsable directa del empobrecimiento de la región y de decenas de dictaduras militares, desde su fundación y hasta los albores del siglo XXI; o que, ya avanzado éste fue en su seno donde se orquestó el golpe de Estado venezolano, en 2002; boliviano, en 2008; hondureño, en 2009; ecuatoriano, en 2010; paraguayo, en 2012; y brasileño, en 2016 —por mencionar sólo los más visibles— no hará más que apuntar la ya conocida crítica que gira en torno de la hipocresía que hace que esta organización acuse a cada gobierno de izquierda progresista como populista, narcogobierno, terrorista, dictatorial, personalista, antidemocrático, etcétera.
Por ello los argumentos no deben correr desde ese afluente. Existen dos situaciones más apremiantes que no se deben de perder de vista si es que se quiere avanzar en la afrenta en contra del imperialismo occidental. Por un lado, es imperante reconocer que el hecho de que el gobierno venezolano se retire de la organización no hará mucha diferencia por lo que toca a la intensidad con la que Occidente, en general; y Estados Unidos, en particular; penetrará en los procesos políticos venezolanos para fragmentar todo cuanto se construyó desde Hugo Chávez.
Es verdad que Venezuela no sería el primer país que sobrevive a las presiones externas —ya provengan de capitales o de Estados-nacionales— siendo ajena a los procesos de la Organización: Cuba es el ejemplo claro de que un proceso social revolucionario es capaz de resistir su avanzada sin importar los acuerdos a los que se lleguen por parte de los Estados miembros. Pero el pertenecer o no a la OEA no es, por sí mismo, un factor que decida qué tan penetrantes y efectivos son los procesos de desestabilización que agentes externos son capaces de desarrollar.
Es cierto, ser miembro de una Organización ofrece determinado margen de maniobra para visibilizar los desequilibrios imperantes en la región, pero es sólo hasta ahí —y de manera puramente formal— el papel que Latinoamérica logra desempeñar; pues ni siquiera en los sectores más progresistas, como el circunscrito en la defensa de los derechos humanos, la pluralidad de visiones que coexisten en la región se ve representada y efectivamente instrumentada, muy a pesar  de los monumentales esfuerzos realizados para contrarrestar la doctrina liberal y mercantilista, de corte estadounidense, que durante tantas décadas ha imperado en el ejercicio de diversas categorías legales de derechos individuales y colectivos.
Que el gobierno estadounidense, sus oficinas de promoción y cooperación internacional, sus universidades o sus think tanks tengan la capacidad de financiar, organizar, articular y hacer eco de grupos opositores —marineros con bandera de demócratas—, en última instancia, no depende de cuáles o cuántos gobiernos se reconozcan formalmente representados en los órganos de deliberación de la Organización: ésta sólo sirve en la medida en que vela cada proceso injerencista con el peso que la democracia cuantitativa —la del voto de las mayorías decidiendo los destinos de las minorías— y el lenguaje políticamente correcto hacen que los golpes de derecha sean interiorizados por el sentido común como procesos pro-democracia.
En este sentido, una cuestión de mayor trascendencia para la izquierda bolivariana es descifrar la fortaleza del tejido político, del proceso revolucionario que Hugo Chávez potenció con su gestión al frente del gobierno venezolano. Y es importante justo porque la revolución cubana mostró al mundo que de la profundidad que tome un proceso revolucionario en el actuar cotidiano de los individuos y las comunidades depende la inefectividad de cualquier hostigamiento externo.
El punto no es menor, además, porque, sin desestimar la curva de aprendizaje por la que ha atravesado el actual presidente Maduro en su gestión gubernamental, es innegable que su gobierno se ha tenido que enfrentar a diversos factores que, mal manejados en su momento, desgastaron poco a poco parte del tejido construido con anterioridad. Así pues, ante un claro cambio de personalidad, la agudización del bloqueo económico, la intensificación de las secuelas de la depresión de 2008, la caída, deposición o término de gobiernos latinoamericanos amigos, y el refinamiento de las luchas regresivas disfrazadas de Mesas de Unidad Democrática, la conciencia social generada en el chavismo se ve en permanente cuestionamiento de su carácter programático.
Venezuela no es Cuba: la revolución cubana se forjó a sangre y fuego en un ambiente en el que el aislamiento, el autorreferenciamiento, obligaba al cubano a verse a sí mismo, de frente, para reforzar los procesos políticos de los cuales dependían su autonomía y su propia existencia, tanto como individuo cuanto como integrante de una colectividad. Venezuela, por lo contrario, encontró origen a su principio identitario hasta finalizar el siglo XX, construyendo su identidad política no por referencia interna, de venezolano a venezolano, sino por medio de un amplio entramado de correlaciones con los diversos movimientos que a la vuelta del siglo inauguraron el ciclo progresista latinoamericano.
El cambio que comienza en la década de los noventa no fue, claro está, un simple trueque en los procesos burocráticos: más que cualquier cambio administrativo, el proceso que se potencia con Chávez supuso la transformación estructural del sistema de exclusión de las mayorías venezolanas, ya desde actos en apariencia solemnes —como las varias expropiaciones efectuadas— hasta la paulatina introducción de cambios en el modelo de producción y consumo en ciertos sectores.
Es cierto, no obstante, que el modelo productivo/consuntivo no se alteró en lo fundamental: la matriz imperante en Venezuela sigue siendo el extractivismo; en especial el de corte energético, basado en la extracción petrolera. Pues si bien Chávez fue enérgico en hacer frente al imperialismo Occidental: nacionalizando empresas de industrias estratégicas, avanzando en la reforma agraria, mejorando y ampliando el funcionamiento del sistema de salud, universalizando el acceso a educación, deteniendo al neoliberalismo que se pretendía instaurar por medio del ALCA, reorganizando la OPEP, y ofreciendo alternativas de Unidad regional a través del ALBA; también lo es dos décadas no fueron suficientes para alcanzar algo similar a la manera cubana de hacer socialismo.
Que Chávez refrendara su compromiso político con la sociedad venezolana (y viceversa) cada año a través de diversos canales con amplio margen, y el que Nicolás Maduro llegara a perder la mayoría parlamentaria en la Asamblea Nacional y a afirmar su legitimidad lectoral con un porcentaje de 50,66% de votos en favor contra el 49,07% en contra ya dice mucho del desgaste que sendos sectores tradicionales del chavismo han sufrido —sin que todo se remita a errores del madurismo.
De aquí que sea imprescindible reconstruir ese tejido social sin el cual chavismo y madurismo no encontrarán las líneas de aire que les permitan sobrevivir a la arremetida democrática. Y ello, con o sin participación de Venezuela en la OEA, sólo se logrará en la medida en que el presidente Maduro logre mantener su posición contestataria, antiimperialista, actual sin que la retórica se sobreponga a una ejecución estratégica efectiva.

Entrada destacada

Entre la Izquierda y la OEA: la Revolución

Cuando el gobierno venezolano anunció al mundo que comenzaría con el proceso para retirar su participación de la Organización de Estados ...

Suscripción

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional. Se autoriza la reproducción de este contenido sin modificaciones, sin fines comerciales y bajo condición de referir la fuente original.

Lectores

Derechos Reservados © lo Político y la Política | Ciudad de México