Aunque quizá resulte banal reiterarlo, comparar el número de agresiones cometidas por Corea del Norte (cero), en contra de cualquier comunidad alrededor del planeta, con la cantidad y la intensidad con la que Estados Unidos ha destruido poblaciones enteras a través del recurso de la guerra, depuesto gobiernos mediante la retórica liberal en defensa de la democracia formal, la libertad, la seguridad y los derechos humanos, financiado y armado a grupos terroristas u organizaciones del crimen organizado trasnacional, e implantado dictaduras militares para asegurar la vida del neoliberalismo en cada latitud del globo; es un buen primer paso para observar en qué lado de la balanza se pesa la amenaza en contra de la humanidad.
En efecto, por avasallantes que el discurso gubernamental estadounidense y la propaganda mediática, propia y de sus aliados occidentales, se presenten: mostrando las similitudes que existen entre el comportamiento militar Norcoreano y el de los regímenes totalitarios de la Alemania nacionalsocialista, de la Italia fascista, la España franquista o la Rusia estalinista; elaborando perfiles psicológicos y de personalidad, medidos en grados de psicopatía, o bombardeando a los imaginarios colectivos con la interminable tautología de imágenes saturadas de lanzamientos balísticos y desfiles militares; lo cierto es que la experiencia histórica muestra a un Estado norcoreano aislado del mundo y a un Estados Unidos con presencia comercial, financiera y militar en cada rincón de la Tierra.
De aquí que la amenaza totalitaria, comunista y nuclear de Corea del Norte se presente dentro de las audiencias occidentales como un verdadero peligro para la humanidad entera. Porque lo que se (re)produce en las sociedades atlanticistas —y similares o derivados— es la permanente reafirmación de una ética particular, característica de la moral hipócrita de Occidente, que sistematiza, hace circular y encierra la distancia cultural vigente entre los modos de vida asiáticos y los modos de los herederos del Western y del American way of life como un rasgo inherentemente destructivo, psicópata y totalitario.
Y lo cierto es que si bien la construcción de este sentido común occidental respecto de los gobiernos del Sudeste asiático, en particular, y de todo aquello que no forme parte del bloque de sociedades que se autoafirman como hijos de la libertad, la igualdad y la fraternidad, en general; se da al margen de cualquier intento de rememoración histórica: mediante una operación de permanente negación, vaciamiento y reconstrucción de ésta, también lo es que se inscribe dentro de la potencia con la que ciertos conceptos como libertad, democracia, igualdad, paz, estabilidad, etcétera; fundan el horizonte identitario, el excepcionalismo y la magnanimidad con los que Occidente se presenta a sí mismo, frente al resto del mundo, como el fin de la historia: como ese destino inevitable al que cualquier sociedad debe aspirar si se quiere asumir civilizada.
La cuestión aquí es, por lo tanto, que cuando los gobiernos de Europa y del Norte de América —o sus cajas de resonancia en sus respectivas periferias— afirman el peligro que presenta el régimen Norcoreano para la continuación de la vida en el planeta lo hacen invisivilizando, de manera deliberada, las ruinas con las que esos mismos gobiernos han saturado el sendero de la historia: desde el proceso de colonización hasta las guerras veladas en pos de la democracia. Pero además, lo hacen sacando de foco que la cuestión con Corea del Norte esconde objetivos estratégicos particulares que van más allá de la propia Corea; es más, Pyongyang es, en todo sentido, el menor de los problemas cuando de la península se trata.
Enmarcado en el contexto de la Guerra Fría, la península coreana siempre se presentó como un nodo geopolítico de vital importancia para que Occidente lograse el cometido de contener al comunismo soviético antes de que éste llegase a los mares del Sudeste asiático. Tanta fue la importancia concedida a esta pequeña porción territorial por los estrategas estadounidenses y europeos que, inclusive, a mediados de la década de los años cincuenta del siglo pasado produjeron una guerra con la pretensión de unificar lo que el terror comunista había dividido. El modelo se replicó en la península de Indochina.
Tras la caída de la Unión Soviética, la suposición más sencilla sería argumentar que, una vez vencida la amenaza, Corea del Norte no tendría que representar peligró alguno más allá de los que su propio programa armamentista implicase. Después de todo, por un lado, Japón, Corea del Sur y una docena más de países en el Sudeste de Asia ya se afirmaban como extensiones voluntarias de los intereses comerciales y militares estadounidenses en la región; y por el otro, de las varias repúblicas que se fundaron tras el suicidio de la Unión Soviética, las cinco del Asia Central de inmediato se fundaron como satélites Occidentales.
Es decir, en la lógica anterior, con tanto Estado satélite conteniendo a Rusia —y en menor medida, a China— directamente en sus fronteras, controlar el territorio Norcoreano —cuando Corea del Sur, por su posición geopolítica, cubre todos los requerimientos que podría cubrir la porción norteña de la península— ya sería más un capricho que una verdadera exigencia estratégica para el mantenimiento de la hegemonía estadounidense en el planeta. Y en cierto sentido, hay algo de razón en lo anterior: alcanzar el territorio chino, desde la masa continental estadounidense, llevaría a Estados Unidos dieciséis horas; desde la isla de Guam, cinco; desde Okinawa, dos horas; y desde cualquiera de las Coreas, un par de minutos.
Y es que la velocidad de reacción ante una verdadera agresión en los márgenes del Sudeste asiático no es factor menor; no, por lo menos, desde la experiencia de diecinueve años de guerra en Vietnam. De ello dan cuenta tanto el Sistema de Defensa Área de Alta Altitud Terminal (THAAD, por sus siglas en inglés) —que en breve comenzará a instalarse en territorio Sudcoreano y que, además, ya fue declarado por Rusia y China como una abierta amenaza a su seguridad nacional—, como los treinta mil soldados estadounidenses emplazados en Corea del Sur y los treinta y cinco mil destacados en Japón (más los efectivos propios de ambos países y los resultantes de las diversas alianzas militares y de defensa mutua). El agravante aquí es que en Asia se encuentran tres de los centros financieros más importantes e influyentes del globo: las bolsas de Corea del Sur, de Japón y de Taiwan.
 Así pues, si bien la Unión Soviética ya no existe, Rusia y China aún cuentan con las capacidades suficientes para enfrentar al bloque atlanticista en la región. Y es que, por un lado, aunque China es hoy la economía que mueve los flujos comerciales, productivos y consuntivos del mundo, sus principales carencias se encuentran en el terreno tecnológico —en especial en lo concerniente a sus aplicaciones militares. Y por el otro, aunque a Rusia le faltan los flujos de capitales que le sobran a los chinos, sus ventajas sobran en el desarrollo armamentista. La cuestión es, en consecuencia, que aunque separados no podrían hacer mucho, los capitales chinos y el desarrollo bélico ruso, juntos, son un factor de gran potencia.
No es azaroso, por lo anterior, que en el último lustro China y Rusia hayan profundizado sus acuerdos comerciales y de cooperación y transferencia técnico-científica en materia militar. Por lo pronto, y ante la respuesta de Donald Trump a los ejercicios militares Norcoreanos, Putin visitará China en mayo y Xi Jinping llegará a Rusia en julio. La convergencia de intereses —antes inexistentes por el peligro que el Maoísmo observaba en el imperialismo soviético en el Asia continental— no cabe duda, es profunda: China enfrenta a Estados Unidos desde el Mar de Japón hasta el Mar de la China Meridional; mientras que Rusia lo contiene en su avance —a través y en conjunto con la OTAN— desde el Mar Báltico hasta el Mar Negro.
Así, la seguridad de uno se convierte en parte integrante de la seguridad del otro. Y más aún cuando de proyectos tan ambiciosos como la Nueva Ruta de la Seda china o los Gsoductos rusos Nord Stream & South Stream aseguran la concentración de capital para chinos y rusos. En última instancia, lo cierto es que la derrota de uno implicaría una avanzada más intensa, más avasalladora del cerco occidental sobre el territorio del otro. Y si bien ni Rusia ni China se comprometerán a un despliegue bélico en defensa del otro a la primera provocación, sí es previsible que sus maquinarias financieras y de guerra se engranen con el objetivo de no permitir una mayor presencia de sus antagónicos.
Corea del Norte podrá ser un territorio muy pequeño como para que cualquiera de los dos hemisferios se atreva a desatar una guerra frontal en la península. No obstante, su valor geopolítico no se encuentra en la posibilidad de ser un territorio que Occidente, en general; y Estados Unidos, en articular sea capaz de ocupar: a la manera en que Israel funciona en Medio Oriente. Más bien, lo que se pone en juego aquí es que la existencia misma de Corea —y no su destrucción— representa un increíble potencial de rentabilidad política: mientras exista y Occidente lo considere un peligro para la paz global Estados Unidos y sus aliados podrán justificar su presencia militar en la zona: desde el desarrollo de cada vez más potentes armamentos hasta el emplazamiento de más y más efectivos y sistemas de defensa que cierren el cerco en torno de los dos gigantes: Rusia y China.

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